Crítica de Un hombre soltero (Christopher Isherwood)

No Comments
Sinopsis: Un hombre soltero, su descripción vívida, franca, enternecedora y empática de la vida de un homosexual pasados los cincuenta causó sensación. George está adaptándose a vivir solo tras la muerte repentina de su novio en un accidente de tráfico. Decidido a continuar con las rutinas de su vida diaria hace muecas a los niños del vecindario, da sus clases sobre Aldous Huxley, chismorrea, bebe demasiado, se perturba ante la vista de un joven jugador de tenis, y se ilusiona por una cita con uno de sus estudiantes. Este inglés afincado en el sur de California y profesor universitario es un forastero, y tanto sus reflexiones internas como su relación con los otros revelan a un hombre que, a pesar de las injusticias cotidianas y de la soledad, ama la vida. 

Crítica: La aprobación del matrimonio homosexual en todo el territorio estadounidense solo es equiparable al fin de la segregación racial en las escuelas de aquel país. Un cambio histórico considerando la represión de este colectivo social hace apenas medio siglo, cuando la persecución de los homosexuales se recrudeció entre 1950 y 1956 al ser considerados por el senador Joseph McCarthy -junto al Secretario del Estado John Puerifory- un elemento «subversivo». Es decir, ambos políticos consideraron a los homosexuales una estrategia conspirativa de los comunistas para desestabilizar al país durante la Guerra Fría, iniciando el «lavender scare». Las consecuencias de esta persecución incluyeron la infiltración de miembros del FBI en organizaciones LGTB, así como la vigilancia de sus miembros; despidos masivos de funcionarios homosexuales con la posterior pérdida de sus hogares y familias; e incluso el suicidio a consecuencia de la presión social. 

Precisamente, «Un hombre soltero» se ambienta durante la Crisis de los misiles en Cuba para narrarnos con un estilo sobrio, elegante e íntimo la rutina de George, quien se siente constantemente acosado por sus vecinos, compañeros de trabajo y alumnos por su orientación sexual. No obstante, el miedo que experimenta el protagonista es consecuencia de la incertidumbre ante la reciente pérdida de su pareja, debiendo afrontar la incertidumbre de un futuro en soledad. 

Si bien, conforme avanza el relato observamos que el terror de George, al igual que el resto de la población estadounidense, es infundado. En realidad, no existe una amenaza real, tangible y presente, sino un riesgo potencial fundamentado en los prejuicios de la experiencia que condiciona nuestras decisiones, limitando nuestra capacidad para actuar de forma diferente o tener un pensamiento propio. De ahí que el protagonista se escandalice con el sistema educativo universitario, equiparándolo con una cadena de montaje, pues todos los estudiantes concluyen sus estudios con la aspiración de obtener un trabajo fijo, comprarse una casa, casarse y tener hijos. No obstante, George es un hombre de rutina, de comportamiento automático en el que cuerpo y mente funcionan de forma independiente para garantizar su supervivencia como individuo en la sociedad. 

Por tanto, George tiene miedo a la propia vida tras el punto de inflexión que representa el fallecimiento de su compañero sentimental y, precisamente, ese rechazo al cambio hace que toda su existencia presente este basada en los recuerdos. Es decir, nos encontramos ante la paradoja de la filosofía establecida por el gatopardismo, «que todo cambie para que todo siga igual». De ahí que nuestro protagonista acepte siempre la invitación de Charlotte para cenar, aun sabiendo de antemano el transcurso de la conversación y el final de la velada con un nuevo intento frustrado de seducirlo. 

No obstante, aunque la novela de Christopher Isherwood pueda resultarnos cínica y pesimista por el planteamiento de su argumento, es un relato sincero y esperanzador. El escritor inglés describe con absoluta precisión todos los detalles de George durante veinticuatro horas, con objeto de que -tanto el lector como el protagonista- sean conscientes del valor de los sutiles detalles –como un sacapuntas amarillo-, de los pequeños placeres que enriquecen su existencia, en apariencia frívola y solitaria. 

«Un hombre soltero» destaca por la sutileza de su prosa, la ambigüedad de las escenas descritas requieren del lector una lectura suspendida para recrearse en todos los matices. Cabe destacar la escena en la que George se recrea en los cuerpos desnudos de dos estudiantes jugando al tenis, donde apreciamos la auténtica fascinación del protagonista por la belleza masculina o la envidia hacia la pureza juvenil. En realidad, no observamos una atracción física, sino la búsqueda de un ideal. George aspira a encontrar una persona con la que compartir sus esperanzas e inquietudes, un igual en lo espiritual que le permita avanzar, superar definitivamente el pasado, no con un sustituto, sino con un nuevo compañero. 

Es más, adviértase que al recrearse en la fantasía sexual con su alumno jamás asume el lugar del amante. Únicamente participa en su imaginación, siendo su única satisfacción la posibilidad de ayudarle a resolver su conflicto personal. 

Durante estos fragmentos de la novela, es notable la influencia de la filosofía oriental transmitida al joven Isherwood durante su estancia en Estados Unidos, explicando la alegría de gran parte de su obra – duramente reprochada por sus opositores-. No obstante, el escritor inglés vuelve a sorprender con un final inesperado que refleja la ironía del humor británico, así como las paradojas de la vida que hacen reflexionar al lector acerca del fatal desenlace, incitándolo a actuar, a perder el miedo y vivir. 

«Un hombre soltero» es una novela que, a pesar de su aparente simplicidad, representa una lectura enriquecedora para el lector por la sutileza de su prosa, repleta de escenas ambiguas con múltiples interpretaciones; la sobriedad de sus personajes, repletos de matices para reflexionar acerca de la soledad humana, el amor dependiente o la obsesión por al pasado ante la incertidumbre que representa el futuro en nuestras vida; la crítica inherente a los prejuicios sociales y el uso del miedo como recurso para manipular a las masas en distintos niveles; la ironía del humor británico, especialmente en el desenlace del relato… En definitiva, Christopher Isherwood nos ofrece un relato diferente de la homosexualidad que todavía continua siendo un referente por su sinceridad autobiográfica que bien podría resumirse, citando a Aldous Huxley –por quien sentía una gran admiración y menciona reiteradamente en la presente novela- «El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma».

LO MEJOR: El planteamiento de la novela en aquella convulsa época mediante un testimonio sincero e íntimo. La sutileza de la prosa para describirnos escenas repletas de dobles significados, especialmente en los diálogos. La presencia del clásico humor británico que ironiza acerca del miedo a consecuencia de la ignorancia. Los personajes sobrios, repletos de matices. El inesperado final. 

LO PEOR: Las referencias a Huxley son complicadas sin un conocimiento exhaustivo de su obra que trascienda de «Un mundo feliz». La infravaloración actual de la novela frente a la descripción arquetípica del colectivo homosexual en la ficción, tanto literaria como cinematográfica. 

Sobre el autor: Christopher William Bradshaw Isherwood nació el 26 de agosto de 1904 en Disley, Cheshire. Cursó estudios en la Universidad de Cambridge, donde conoce a W. H. Auden con el que en 1938, viajó a China. 

Sus primeras novelas, Todos los conspiradores (1928) y El monumento (1932), muestran influencias de E. M. Forster y Virginia Woolf. 

Fue profesor en Berlín (1928-1933) lo que le proporcionó material para Adiós a Berlín (1939), que en 1946 se reeditó con el título de Los relatos de Berlín. En estos cuentos, advertía sobre el creciente poder del nazismo, fueron adaptados por John van Druten en la obra de teatro Soy una cámara (1951) y para una película (1955), así como para la obra de teatro Cabaret (1966) y una película musical (1972) del mismo título. 

Junto a Auden, Isherwood escribió tres obras de teatro: El perro bajo la piel (1935), El despegue del F6 (1936) y En la frontera (1938). Su novela Leones y sombras, en la que entre otros aparecen sus amigos Auden y Spender con nombres ficticios, se publicó en 1938, y Kathleen y Frank, la biografía de sus padres, en 1972. 

En 1939 se radica en Estados Unidos. Aparecen, Prater Violet (1945), Una visita (1962) y Encuentro junto al río (1967) Los principios del Vedanta (1969) y Christopher y los suyos (1976) donde reveló su homosexualidad y la importancia primordial que tuvo en su obra. 

Christopher Isherwood falleció Santa Mónica, Estados Unidos, el 4 de enero de 1986.

0 comentarios:

Publicar un comentario

-->