Crítica de El lector del tren de las 6.27 (Jean-Paul Didierlaurent)

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Sinopsis: Guibrando Viñol no es ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Su trabajo consiste en destruir lo que más ama: es el encargado de supervisar la Cosa, la abominable máquina que tritura los libros que ya nadie quiere leer. Al final de la jornada, Guibrando saca de la entrañas del monstruo las pocas páginas que han sobrevivido a la carnicería. Cada mañana, en el tren de las 6.27, se dedica a leerlas en voz alta para deleite de los pasajeros habituales. Un día descubre por casualidad una pieza de literatura atípica que le cambiará la vida. 

La amistad une a un grupo de personajes aparentemente anodinos, probables compañeros invisibles de nuestros viajes cotidianos en tren, que esconden mundos extraordinarios donde todo es posible: un vigilante de seguridad que habla en verso, una princesa cuyo palacio es un aseo público, un mutilado que busca sus piernas. En una mezcla insólita de humor negro y dulzura, celebramos con ellos el triunfo de los incomprendidos. 

Crítica: La rutina se caracteriza por la repetición de una serie de actos adquiridos por la costumbre que no requieren la intervención del pensamiento reflexivo o la capacidad de decisión, sino todo lo contrario. Por consiguiente, la apatía es el sentimiento predominante en nuestras vidas mientras efectuamos estos hábitos de forma automática, sin prestar atención a nuestro entorno ni a las personas. Si bien el anonimato nos proporciona una falsa impresión de seguridad, también significa el retraimiento, la soledad del individuo ante el miedo al cambio, obligándolo a ser invisible para los demás. La rutina es una agonía silenciosa que, no obstante, Guibrando Viñol desafía todas las mañanas durante el trayecto en tren hacia su trabajo leyendo en voz alta fragmentos inconclusos ante el resto de pasajeros de las 6.27. 

«El lector del tren de las 6.27» es una novela breve sobre personas anónimas cuyas vidas se entrecruzan durante las lecturas de Guibrando Viñol, una sucesión de encuentros que cambiarán por completo la anodina vida del protagonista a través de la amistad, el amor y, sobre todo, la pasión por los libros que nadie quiere leer. Jean-Paul Didierlaurent debuta en el panorama literario francés –e internacional- convirtiendo actos simples y cotidianos en una experiencia única y enriquecedora para el lector. 

La novela de Didierlaurent es una reflexión contra la apatía, la resignación, la conformidad ante lo establecido por una sociedad de pensamiento esquemático, carente de imaginación y emocionalmente analfabeta. La finalidad del autor es incitar al cambio, la capacidad intrínseca que poseemos todas las personas para alterar el rumbo de nuestras monótonas vidas mediante la modificación de pequeños detalles. 

De hecho, Guibrando Viñol lee solo pequeños fragmentos inconclusos, no obras completas, pero aquellas páginas solitarias representan un punto de inflexión en la rutina de los pasajeros, permitiéndoles imaginar la conclusión de la historia, es decir, el protagonista les ofrece la oportunidad de alterar el contenido según la persona, la libertad de decidir qué ocurrirá a continuación. En realidad, nos encontramos ante una lectura colectiva e interactiva, en la que todos participan de forma indirecta para darle significado a aquellas historias que en otro contexto carecerían por completo de significado, quedando reducidas a unas pocas páginas pérdidas. 

Un detalle que nos recuerda a la célebre novela «Fahrenheit 451» (Ray Barbuy), porque igual que su protagonista, Guibrando Viñol pretende expiar su sentimiento de culpa ante el horrible trabajo que realiza con la Cosa, porque lo verdaderamente importante no reside en nuestros actos, sino en los cambios que realizamos en esos objetos. Paradójicamente, Viñol demuestra escasa –o nula- predisposición a alterar la monotonía de su existencia por miedo, principalmente al rechazo. 

Las constantes e implacables burlas durante su infancia lo convirtieron en un joven inseguro y solitario, impidiéndole establecer cualquier tipo de relación íntima con sus conocidos. Sin embargo, poco a poco, Viñol vence esa reticencia inicial cuando abandona la seguridad de los libros y reúne el coraje suficiente para enfrentarse a la realidad, subyugando sus reticencias y temores ante la ilusión por escribir su propia historia. Es más, la novela concluye con un final abierto con una doble finalidad. Por un lado, representar el inicio de una nueva vida del protagonista cuando finalmente deja de ser un mero lector para convertirse en el auténtico protagonista; y, por otro, el propio lector tiene la posibilidad de escribir su propio final, interactuando con la historia, tal y como hacían los pasajeros del tren de las 6.27. 

Resulta imposible no simpatizar con este humilde personaje de anodina apariencia ante la facilidad para identificarse con sus conflictos y dudas, sus miedos y sus esperanzas, sus anhelos y sus desengaños tan presentes en nuestras propias vidas a diario, observando la evolución de la persona conforme avanzan las páginas. De igual modo, Jean-Paul Didierlaurent concibe un pequeño grupo de personajes de llamativa idiosincrasia, con sus pequeñas excentricidades que incrementan su atractivo hasta adquirir un mayor protagonismo que el propio Viñol en algunos capítulos. Si bien nos encontramos ante una novela breve, predomina la impresión de estar ante una antología de relatos que tienen por vínculo común a Guibrando. Una percepción incrementada desde la aparición de Julie, quien acapara toda la atención del protagonista y, por ende, del propio lector ante la divertida espontaneidad de relato frente a la –exasperante- indiferencia de Viñol, actitud sostenida por el personaje hasta prácticamente los últimos capítulos, obedeciendo su cambio a la variación en el tono de la novela que acaba por convertirla en la típica comedia romántica repleta de enredos y desencuentros. 

A pesar de ello, «El lector del tren de las 6.27» es una novela que representa un punto de inflexión de nuestra monotonía diaria, proporcionándonos una necesaria pausa con la que vencer nuestra apatía diaria y reflexionar acerca de la necesidad de cambiar nuestras vidas. Si bien resulta una lectura amena, Jean-Paul Didierlaurent dota de complejidad a una novela de apariencia sencilla, estableciendo un diálogo directo con el lector, permitiéndole interactuar con la acción descrita en sus páginas e identificarse con las disyuntivas de sus personajes en un auténtico tributo a «Fahrenheit 451» (Ray Barbuy). Una historia sincera, emotiva y esperanzadora en la que cada uno de nosotros escribe su propio final desde el momento que nos subimos junto a Guibrando Viñol en el tren de las 6.27. 

LO MEJOR: El tributo a «Fahrenheit 451» (Ray Barbuy). La reflexión del autor acerca de la monotonía, la instauración de la apatía como sentimiento predominante en nuestras vidas diarias y la necesidad de cambiar progresivamente detalles nimios para conseguir el cambio que tanto necesitamos. La facilidad para identificarse con los personajes desde el primer instante. Una lectura interactiva, un diálogo directo con el lector a través del relato narrado por Guibrando Viñol. La divertida espontaneidad de Julie. 

LO PEOR: La excesiva brevedad de la novela. El acaparamiento del protagonismo conforme avanza el relato por parte de los personajes secundarios, especialmente Julie. La indiferencia de Guiñol resulta exasperante. La conversión de la novela en la típica –y predecible- comedia romántica. 

Sobre el autor: Jean-Paul Didierlaurent nació en Les Vosges en 1962. Sus relatos han sido galardonados en dos ocasiones con el Premio Hemingway. El lector del tren de las 6.27 es su primera novela. Su éxito inesperado le ha cambiado la vida. Antes incluso de su publicación en una pequeña editorial francesa, los derechos habían sido vendidos a más de veinticinco editoriales. La acogida que obtuvo en Francia, donde se convirtió en un bestseller alabado por la crítica, lo confirmaron como el autor revelación del momento.

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