Sinopsis: Leo Stepanovich Demidov, un prometedor agente del MGB, el servicio secreto ruso, es acusado de un delito de traición que no ha cometido y huye de Moscú con su mujer. Se refugia en las colinas y descubre que varios niños han sido brutalmente asesinados, un terrible episodio del que el Partido Comunista se desentiende. Decide emprender una investigación por su cuenta para esclarecer esas muertes, a sabiendas de que arriesga su vida y la de su mujer. 

Crítica: Andréi Chikatilo –o más conocido como El carnicero de Rostov- asesinó y mutiló a 53 personas, la mayoría mujeres y niños, durante dos décadas con total impunidad. La negativa de las autoridades rusas para aceptar la posible existencia de un homicida en serie dentro de sus fronteras, debiendo reconocer públicamente que el crimen no era exclusivo de las sociedades capitalistas; así como su aspecto anodino y amable comportamiento con las víctimas le permitieron dejar su sangrienta huella a lo largo de toda la ciudad de Rostov hasta su detención el 20 de noviembre de 1990. 

Inspirándose libremente en estos crímenes Tom Rob Smith realizó su debut literario con una novela negra diferente, «El niño 44», ambientada en la URSS de los últimos años del estalinismo y que, posteriormente, tendría su secuela con «El discurso secreto». A pesar de las excelentes críticas y siendo ganador –o finalista- de múltiples premios, tuvo una escasa acogida en nuestro país hasta su reedición en 2015, coincidiendo con el estreno en cines de su adaptación cinematográfica con la producción de Ridley Scoot. 

Al contrario que otros autores anglosajones, Smith opta por un escenario atípico, trasladando la acción a la sociedad soviética de los años 50 para describirnos una atmósfera opresiva de miedo, silencio, penurias y desconfianza entre sus habitantes. Únicamente el prólogo de la novela resulta demoledor al narrarnos la supervivencia de los aldeanos en las extremas condiciones del invierno ruso, cuando la mayoría moría de hambre –las tropas decomisaban las escasas provisiones por el bien común de la nación- y, tras el deshielo, el aire hedía por la descomposición de los cuerpos de aquellos que no habían resistido aquellos meses, en ocasiones poblaciones enteras. 

Si bien, conforme avanzan los capítulos –y las investigaciones de Leo y Raisa para detener al asesino- descubrimos las penosas condiciones de vida en los centros psiquiátricos de menores, la situación de desamparo de los huérfanos en los orfanatos, el hacinamiento en los pisos comunitarios, la escasez de alimentos y el racionamiento, la represión de la homosexualidad, los arrestos masivos, las confesiones obtenidas mediante torturas, y un largo etcétera. En realidad, los asesinatos representan una excusa del autor para relatarnos una historia más compleja sobre las consecuencias del fanatismo político. 

«El niño 44» es, en realidad, un sólido thriller político e histórico que abarca numerosas críticas sobre las estrategias de comunicación empleadas por los gobiernos –incluidos los actuales- que, basándose en el miedo, consiguen que los ciudadanos renuncien progresivamente, a sus derechos en favor del Estado que adquiere, de forma inversamente proporcional, mayor poder y, por consiguiente, libertad para realizar sus acciones con total impunidad. 

No obstante, resulta sorprendente encontrarse críticas que menosprecian la novela argumentando que es «políticamente correcta». Resulta sorprendente argumentar esta afirmación basándose en la objetividad de Tom Rob Smith, quien no realiza ningún comentario personal de los personajes ni sus acciones. Es decir, el autor tiende a limitarse a ser la voz narrativa de la historia, sin paráfrasis que pudieran condicionar al lector. 

De igual forma, sus detractores reprochan que la mayoría de los detalles sobre los crímenes reales estén censurados, concediéndole mayor importancia a otros detalles de la novela como el contexto o la evolución en la relación entre Leo y Raisa. Es cierto que el escritor inglés descuida bastante tanto la identidad del asesino –predecible para aquellos lectores que conozcan a Andréi Chikalito y su infancia- como la resolución de los crímenes, el único momento en que apreciamos una variación en el ritmo de la novela hacia una precipitada –y decepcionante- conclusión. 

Sin embargo, es necesario recordar que la intención de Tom Rob Smith no es una biografía ficticia de El carnicero de Rostov, sino un inteligente análisis político y social sobre temáticas de gran actualidad en un contexto alejado de las grandes metrópolis tan recurrentes como Londres o Nueva York. 

«El niño 44» se caracteriza por una prosa de gran visualidad –en la que se aprecia la experiencia del autor como guionista para cine y televisión- en el que predominan las imágenes monocromáticas de paisajes fríos y desolados como las almas de sus habitantes; un ritmo trepidante desde las primeras páginas; diálogos inteligentes repletos de matices; y, en especial, la pareja protagonista, Leo Stepanovich y Raisa Demidov. 

Tom Rob Smith nos ofrece dos magníficos personajes de personalidades antagónicas que, obligados a permanecer juntos por las circunstancias, deberán enfrentarse no solo a la obstinada resistencia de las autoridades para reconocer la existencia de un asesino en serie; también a la disyuntiva moral que implica la pérdida de su anterior posición privilegiada debiendo enfrentarse como cualquier otro ciudadano a la incertidumbre del día a día. 

En definitiva, «El niño 44» es un sólido e inteligente thriller que, inspirándose en los horribles crímenes de Andréi Chikalito, desarrolla una compleja novela diferente a otras del género, principalmente por el contexto –la URSS de los años 50- en el que destaca la visualidad de la prosa, el ritmo fluido y trepidante de las escenas o la psicología de los personajes. Un libro que nos recuerda las temibles consecuencias del fanatismo político con un estilo dostoievskiano en el que «podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; pero la real tragedia de la vida es cuando los adultos le temen a la luz.» 

LO MEJOR: La ambientación de la novela. Descubrir que los crímenes son, en realidad, una excusa del autor para desarrollar un thriller político e histórico de gran complejidad psicológica que cuestiona aspectos de la sociedad actual. La visualidad de la prosa en la que predominan las imágenes monocromáticas, transmitiendo una sensación desoladora. La evolución de la relación entre la pareja protagonista. 

LO PEOR: El descuidado tratamiento de los asesinatos, cuya resolución resulta precipitada y decepcionante en comparación con el resto de la novela. Los detractores de la novela que argumentan la falta de morbosidad del autor o su objetividad en la descripción del régimen soviético de Stanlin. La escasa repercusión de la novela hasta su reedición coincidiendo con el estreno de la adaptación cinematográfica. 

Sobre el autor: Escritor y guionista inglés, Tom Rob Smith estudió Literatura Inglesa en el St. John's College de la Universidad de Cambridge, completando su formación en Escritura Creativa en la Universidad de Pavía gracias a la Beca Harper Wood. 

Tras terminar sus estudios, Smith se dedicó primero a la escritura de guiones para la televisión con la BBC mientras preparaba su primera novela, El niño 44, inspirada en el caso del asesino en serie Andrei Chikatilo. Smith logró un gran éxito con esta novela, siendo ganador del Ian Fleming Steel Dagger, el Galaxy Book Award o el Waverton Good Read, además de quedar seleccionado para el Man Booker o el Costa Award. 

El niño 44 fue llevada al cine en 2015 contando con la producción del cineasta Ridley Scott.
Sinopsis: Ventas, enarbola la bandera de la dignidad y el coraje como única arma posible para enfrentarse a la humillación, la tortura y la muerte. Pocas novelas podemos calificar como imprescindibles. La voz dormida es una de ellas, porque nos ayuda a bucear en el papel qu e las mujeres jugaron durante unos años decisivos para la historia de España. Relegadas al ámbito doméstico, decidieron asumir el protagonismo que la tradición les negaba para luchar por un mundo más justo. Unas en la retaguardia, y las más osadas en la vanguardia armada de la guerrilla, donde dejaron la evidencia de su valentía y sacrificio. 

Crítica: Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Los nombres de estas trece jóvenes se marchitaban en olvido, en el silencio de los reprimidos –y posteriormente ajusticiados- por el régimen franquista hasta que Jesús Ferrero escribió «Las trece rosas» en 2003, permitiendo a los lectores conocer aquel triste –y reprimido- capítulo de nuestra historia reciente. De esta forma, se cumplió la última voluntad de aquellas muchachas, quienes se despidieron de sus familiares con la frase: «Que mi nombre no se borre de la historia»

Al igual que Jesús Ferrero –y después Carlos Fonseca y Ángeles López, quienes también escribieron sobre las rosas-, Dulce Chacón dedica «La voz dormida» a todas las presas que sufrieron una doble derrota tras el conflicto. Por un lado, la victoria de las tropas franquistas y, por otro, la represión en las cárceles durante la posguerra civil española. 

«La voz dormida» es una novela histórica basada en los testimonios reales de aquellas mujeres encarceladas para conocer las terribles condiciones de su encarcelamiento, así como la resistencia que ejercieron dentro y fuera de los muros gracias a la ayuda, entre otros, de sus familiares. Dulce Chacón nos ofrece una exhaustiva crónica que abarca desde 1939 hasta 1963, centrándose en un grupo de presas de la prisión de las Ventas (Madrid), principal escenario de la novela, en el que conoceremos todos los detalles de su vida, antes, durante y después de su condena. 

A pesar de que la autora decidió matizar algunas de las historias, sigue resultando estremecedor leer sobre, por ejemplo, la tortura de los garbanzos; o conmoverse con el relato de una madre incapaz de reconocer a sus propias hijas cuando la visitaron por primera vez en la prisión u otra que lloraba desconsolada cuando le empezaron los primeros síntomas de la menstruación, sabiendo que aunque saliera libre, ya no podría formar una familia. 

Es obvio que la pretensión de Chacón es conseguir que el lector fraternice con los personajes, especialmente las reclusas Elvirita, Hortensia, Reme y Tomasa, pero también con Pepita- hermana de Hortensia- e incluso Paulino y Felipe, miembros de la guerrilla; denotando una notable falta de objetividad en el tratamiento de los acontecimientos. Si analizamos con detenimiento la evolución de los protagonistas -y los secundarios-, comprobamos que la autora tiende a enfrentar a los bandos implicados en el conflicto de forma constante durante toda la narración. O en otras palabras, Dulce Chacón divide entre buenos y malos, sin posibilidad de equívoco en escenas que condicionan nuestra percepción de los personajes. 

«La voz dormida» carece de matices o dobles lecturas, limitándose a la interpretación personal de la autora sobre los sucesos narrados, tal y como demuestra la constante justificación del egoísmo por parte de las personas procedentes del entorno de Pepita. A pesar de que ella desea una vida tranquila, pero siempre la obligan a colaborar con el partido chantajeándola o comparándola con su hermana encarcelada. 

De hecho, resulta interesante comprobar que, después de conseguir reunirse con su amado para regresar a su Córdoba natal, Paulino viaje con una carta con las instrucciones necesarias para continuar con la resistencia desde su nuevo hogar. Por tanto, antepone sus obligaciones morales al amor de la joven, pese a todas las desgracias ocasionadas a lo largo de aquellos años, siendo testigo del sufrimiento de ella ante la imposibilidad de estar juntos por la obstinada negativa a renunciar a sus ideales políticos. 

En cierto modo, podría interpretarse como que todos ellos son presos de sus convicciones y, aunque dejasen atrás los muros de la prisión, siguen arrastrando el peso de sus propias cadenas. Si bien el renunciar a su lucha hubiese significado que todas las penurias carecerían de sentido, denotan un comportamiento misantrópico, una actitud altiva hacia otras víctimas del conflicto y pensamiento vetusto incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos. 

Adviértase la conducta de las presas hacia Mercedes, una carcelera viuda que acepta el trabajo más por necesidad que por verdadera vocación. Al contrario que otras compañeras, quienes aprovechan su autoridad, ella es amable y atenta, incluso se arriesga a introducir medicamentos para Elvira al comprobar su grave estado de salud o consentir que Hortensia pueda darle el pecho a su hija antes de ser fusilada. Sin embargo, todos sus esfuerzos son rechazados por las mujeres que la humillan constantemente. 

Este detalle reitera la percepción de que Dulce Chacón idealiza los acontecimientos en beneficio de su ideología, tal y como señalamos anteriormente. De hecho, podría ser la razón de que la autora tienda a centrarse desmedidamente en el romance de Pepita y Paulino en la tercera parte de la novela, derivando al drama romántico que, junto a la prosa de la autora –destacable por el excesivo lirismo- ralentizan el ritmo hasta convertirlo en un relato artificial y redundante. 

Por consiguiente, aunque «La voz dormida» concede a sus protagonistas la posibilidad de que sus historias sean escuchadas tras décadas de silencio, Dulce Chacón no consigue el tono adecuado debido, en especial, a su imposibilidad de mantenerse neutral, pecando de una idealización excesiva de los acontecimientos a través de una prosa innecesariamente lírica, un ritmo lento y un conjunto de personajes estáticos. Recordemos que, en palabras de Franz Grillparzer, «las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo». 

LO MEJOR: La oportunidad de aquellas mujeres de ser finalmente escuchadas tras décadas de represión, miedo y silencio. 

LO PEOR: La falta de objetividad de la autora. El exceso de lirismo en la prosa que ralentiza el ritmo hasta volver soporífero y redundante. La desviación de la historia hacia el drama romántico en la tercera parte. 

Sobre la autora: Dulce Chacón Gutiérrez nació en Zafra (Badajoz) el 6 de junio de 1954 en el seno de una familia conservadora. Su padre, alcalde de de Zafra durante la dictadura franquista, fue quien despertó su vocación literaria. Tras la muerte de éste y siendo aún una niña, se trasladó con su familia a Madrid donde establecería su residencia definitiva. Junto con su hermana gemela Inma estudiaría en un internado de la capital. Allí comenzaría a escribir sus primeras poesías, pero no se publicaría su primer libro, el poemario Querrán ponerle nombre hasta 1992. A éste le seguirían otros títulos como Las palabras de la piedra (1993) y Contra el desprestigio de la altura (1995). En 1996 se publicaría su primera novela Algún amor que no mate. De ella caben destacar otros títulos como Blanca vuela mañana, Matadora, biografía sobre Cristina Sánchez, la primera mujer toreo, Háblame, musa, de aquel varón, Matar al ángel todos ellos publicados en 1998, Cielos de barro (1999), y La voz dormida (2002). Su carrera se veía truncada el 3 de diciembre de 2003 cuando fallecía víctima de un cáncer de páncreas.
Sentimientos transparentes como el agua

Ediciones Babylon ha incorporado a su catálogo de publicaciones digitales A la orilla del lago que supone el regreso de Olivia Monterrey, autora de la popular novela Invierno. Un relato profundo y conmovedor ambientado en la Inglaterra victoriana que narra la historia de superación personal de su joven protagonista, Hazel. 

Sinopsis: Condenada a llevar una vida de estrictos protocolos sociales que no desea, Hazel se resiste a dejar de soñar con un futuro que su familia considera inadecuado para ella. El encuentro fortuito con un joven noble le hará comprender que en la vida, como en el amor, los únicos límites son los que establece por sí mismo el corazón.
Sinopsis: Escupiré sobre vuestra tumba es un maravilloso libro que trata también del racismo hacia el hombre negro "aprobado así por la justicia". Lee Anderson es un afroamericano que llega a un pueblo donde los jóvenes están sedientos de alcohol y sexo. Trabajando cómo vendedor en una librería, Lee oculta un secreto: la única razón por la que está allí es para vengar la muerte de su hermano, que murió linchado y colgado por haberse enamorado de una mujer... 

Crítica: La reciente matanza en la Iglesia Madre Emmanuel, símbolo de la lucha contra la esclavitud, por Dylaan Roof es el última de una larga lista de crímenes y abusos contra la población afroamericana durante el último año. A pesar de la abolición de la segregación racial, el odio sigue latente bajo las heridas aún abiertas de la Guerra de Secesión, y más cuando en muchos edificios estatales del sur ondean con orgullo la bandera de la Vieja Confederación, incluyendo Charleston, donde se inició el conflicto. Otro triste ejemplo del arduo camino por recorrer hasta conseguir la anhelada reconciliación, dividiendo al país en dos amplias facciones y cuya distancia se acentúa con cada asesinato, paliza o violación un poco más. 

En este contexto de inestabilidad y tensión social, la secuela de «Matar un ruiseñor» (Harper Lee) -oda contra el racismo que trascendió la ficción de sus páginas para convertirse en todo un manifiesto a favor de los derechos civiles- ya se ha convertido en uno de los libros más esperados del año junto a la cuarta parte de «Millenium» (Stieg Larsson) y «50 sombras de Gray» (E.L. James) –obviemos las comparaciones entre los tres-. 

Si bien existen numerosas novelas con la esclavitud y la desigualdad racial estadounidenses como temática previas o posteriores -«El color púrpura» (Alice Walker), «Raíces» (Alex Haley), «La cabaña del tío Tom» (Harriet Beecher Stowe), «Doce años de esclavitud» (Solomon Northup), «Criadas y señoras» (Kathryn Stockett) y un largo etcétera-,ninguna ofrece una descripción tan visceral de las posibles consecuencias de esta violencia como «Escupiré sobre vuestra tumba» (Boris Vian). 

Ambientada en los años cuarenta, pertenece a la saga escrita bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan, un escritor afroamericano de piel clara. Un inusual rasgo físico que le permite hacerse pasar por blanco y disfrutar de los privilegios que ostentaban estos ciudadanos de primera categoría. No obstante, «Escupiré sobre vuestra tumba» es, con diferencia, la más polémica del autor francés, quien empleo la rentable fórmula de adherir al clásico estilo de las novelas negras estadounidenses un alto contenido violento y sexo explícito para garantizar unas altas ventas y el interés de los lectores –que realmente creyeron la existencia del falso autor negro-. 

Escrita en apenas quince días, Boris Vian narra en primera persona la venganza de Lee Anderson quien, al igual que el inexistente Sullivan, utiliza su favorable apariencia para introducirse en la corrupta y racista sociedad sureña. Una novela que, pese a su brevedad, escandaliza al lector por la constante descripción de escenas casi pornográficas que incluyen pederastia, sodomización e incluso necrofilia. Sin embargo, en aquella época el escándalo radicaba en la posibilidad de que un ciudadano marginal pudiera cometer semejantes crímenes con total impunidad, cuestionando la supremacía e inmunidad moral de la alta clase sureña. 

Con todo, «Escupiré sobre vuestra tumba» continúa siendo una lectura no apta por lectores sensibles, poco acostumbrados a una prosa tan directa como un puñetazo que hace tambalear nuestros valores conforme avanza este psicótico relato. 

De hecho, es interesante observar la evolución del protagonista. La apatía inicial derivada de un trabajo monótono –en la única librería del pueblo donde la mayoría de ganancias provienen, paradójicamente, de la venta por catálogo; es decir, Boris Vian pone de manifiesto la incultura de la población local a través de este detalle tan insignificante- teniendo como únicas preocupaciones proveerse de alcohol y sexo fácil con las jóvenes blancas de la ciudad, en realidad le sirven para ocultar ante los demás sus verdadero propósito que conocemos mediante breves flashbacks. Estos recuerdos contribuyen a enfatizar la disociación de la personalidad de Anderson entre blanco y negro, llegando a olvidarse de la lógica de sus actos y derivando en una vorágine de odio injustificado contra dos víctimas escogidas prácticamente al azar. 

Es cierto que toda la violencia presente descrita en la novela se realiza exclusivamente contra las mujeres, pero es importante recordar que el origen está en el asesinato de su hermano pequeño, quien se enamoró de una joven blanca de su edad y, cuando lo supieron tanto el padre como el hermano de ella, decidieron matarlo de una paliza. Por tanto, en el subconsciente de Anderson se establece una conexión, pues aunque ella también hubiese cometido un crimen –las relaciones interraciales estaban prohibidas por la ley- solo se ajustició a su hermano pequeño, mientras que la joven se le acabo considerando una víctima de la enfermiza obsesión de un delincuente negro. En este aspecto, Boris Vian demuestra poseer un magnífico conocimiento de la psicología humana, pues Lee acaba por convertirse precisamente en lo que más odia en su intento por conseguir justicia. 

Es posible que la moraleja de «Escupiré sobre vuestra tumba» acabe siendo relegada por el alto contenido de violencia y sexo explícito de sus páginas, pero la principal desazón del lector proviene de la capacidad de Boris Vian para cuestionar las convicciones morales en las que se basa nuestra sociedad actual, inspirándose en las palabras de su conciudadano Voltaire pues "la civilización no suprime la barbarie; la perfecciona." 

LO MEJOR: La capacidad del autor para cuestionar los abusos de la élite sureña, realizando una inusual descripción de su decadencia moral para la época en que se publicó. La evolución del personaje hacia la psicopatía. La inteligente psicología empleada por Boris Vian no solo en la redacción, sino también en la publicación de la novela. 

LO PEOR: El alto contenido de violencia y sexo explícito puede hacer que el mensaje principal de la novela acabe perdiéndose. La violencia es ejercida exclusivamente contra las mujeres y este detalle podría malinterpretarse como machista. El gran desconocimiento de la existencia de esta novela frente a otras con la temática de la segregación racial estadounidense. 

Sobre el autor: Boris Vian (Ville-d'Avray, 1920 - París, 1959) Escritor francés. Ingeniero, periodista, dramaturgo, novelista, actor, músico de jazz y autor de canciones, ha dejado una obra que fue considerada, a título póstumo, como el manifiesto de la juventud existencialista. Boris Vian fue, en efecto, uno de los protagonistas de la bohemia intelectual, nutrida del existencialismo de Sartre, del barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés en los años cincuenta. Causó escándalo la publicación, con el seudónimo de Vernon Sullivan, de su primera novela, Escupiré sobre vuestras tumbas (1946), que contiene, bajo la forma de una novela negra, una rabiosa denuncia del racismo. Es autor asimismo de las novelas La espuma de los días(1947) y El otoño en Pekín (1947) -que revela el influjo de Raymond Queneau y de Eugène Ionesco-, y de poemarios como No quisiera morir (1962). Compuso incluso dos óperas: El caballero de nieve (1957), con música de G. Delerue, y Fiesta(1959), con música de D. Milhaud.
Sinopsis: En el número 7 de la calle Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Dos de sus habitantes esconden un secreto. Renée, la portera, lleva mucho tiempo fingiendo ser una mujer común. Paloma tiene doce años y oculta una inteligencia extraordinaria. Ambas llevan una vida solitaria, mientras se esfuerzan por sobrevivir y vencer la desesperanza. La llegada de un hombre misterioso al edificio propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. 

Juntas, Renée y Paloma descubrirán la belleza de las pequeñas cosas. Invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es un pequeño tesoro que nos revela cómo alcanzar la felicidad gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida. 

Crítica: A pesar de que el exterior del número 7 de la calle Granelle no presenta diferencias apreciables respecto a otros elegantes edificios de esta zona burguesa de París, con su elegante fachada emulando el estilo arquitectónico de los antiguos palacetes, su patio y jardín interiores y su interior dividido en ocho pisos de lujo; lo que realmente hace especial a este bloque de apartamentos son dos de sus inquilinas: Renée Michel, la anodina portera del inmueble; y Paloma Josee, una precoz y solitaria adolescente. Ambas mujeres descubrirán que sus diferencias están derivadas de los prejuicios sociales y que, en realidad, son mayores sus semejanzas, encontrando en la otra la amistad que necesitaban para ser ellas mismas. 

«La elegancia del erizo» es una novela sobre la soledad y la complejidad para establecer relaciones en una sociedad regida por las apariencias; así como la admiración de la autora hacia la cultura japonesa, especialmente el cine de Yasujirō Ozu. Al mismo tiempo, Muriel Barbery realiza una mordaz crítica contra el elitismo y la hipocresía de la burguesía francesa a través de sus dos protagonistas, quienes acaban demostrando una inteligencia que trasciende del conocimiento adquirido mediante los libros, la música o el cine; sino de una sabiduría basada en personajes sencillos y acontecimientos rutinarios, aquellos que, con frecuencia, tendemos a menospreciar sin ser conscientes de su auténtico valor. 

La mordacidad de su autora predomina en los capítulos correspondientes al primer diario escrito por Paloma –encabezados por un hermoso haiku que resume la conclusión principal-, en los que se describe a la familia Josse y anécdotas cotidianas de esta disfuncional familia. La caricaturización de estas escenas provoca una sensación de artificialidad, precisamente porque todos los esfuerzos de sus miembros están centrados en mantener una apariencia no solo ante la sociedad, también entre ellos. 

Durante estos capítulos, Muriel Barbery pretende demostrar la hipócrita convivencia de los Josse, en particular, y de todos los habitantes del edificio en general. La obsesión por conservar su estatus social y su privilegiado nivel de vida les impide apreciar que, en realidad, son peces atrapados en una lujosa pecera mientras contemplan con menosprecio el mar de mediocridad que les rodea. Sin embargo, Paloma si es consciente de que esta circunstancia y, por esta razón, escribe un segundo diario sobre la belleza de los actos más sencillos cuyos párrafos acabaran permitiéndole conocer la elegancia oculta tras la armadura creada por Renée Michel. 

No obstante, estos fragmentos poseen un contenido filosófico y dogmático demasiado complejo para aquellos que lectores sin un conocimiento específico de amabas temáticas. Es cierto que Paloma es una adolescente superdotada, pero resulta poco creíble que todos los pensamientos retratados en sus diarios posean semejante profundidad. En cierto modo, dificultan que el lector pueda simpatizar con el personaje en comparación con los capítulos de Renée quien, teniendo un conocimiento similar –o superior- al de Paloma, la prosa es más coherente con el personaje. E incluso las escasas conversaciones que mantiene nuestra protagonista con Manuela Lopes reiteran esta percepción, pero desde una perspectiva más humilde y sincera, sin necesidad de utilizar oropeles literarios superfluos que nada reportan a la historia –excepto percibir a Paloma como la clásica adolescente de personalidad fatua y una tendencia al victimismo tan característica de esta edad-. 

Por fortuna, Muriel Barbery consigue equilibrar el tono de ambas narraciones con la introducción de Kakuro Ozu. A partir de su primera aparición, observamos una sutil –aunque significativa- variación en la rutina de la calle Granelle. 

Finalmente, el lector puede conocer a la auténtica Renée Michell a través de una serie de encuentros entre ambos personajes repletos de la belleza asociada a la cultura nipona, con un ritmo diferente al resto de las escenas que parecen detener el tiempo para que nos deleitemos con detalles insignificantes que, poco a poco, adquieren una nuevo y maravilloso significado. 

Es cuando la relación entre los tres personajes evoluciona en paralelo descubrimos la auténtica moraleja implícita en sus páginas, la esperanza. Con independencia de nuestro pasado, jamás debemos perder la ilusión por el futuro ni dejar de valorar el presente. De igual modo, no permitamos que otros sean quienes decidan por nosotros simplemente porque se consideran en el derecho de hacerlo al creerse moralmente superiores. Nuestra vida nos pertenece a nosotros, ahora y siempre, pudiendo cambiarla cuando queramos sin importan lo que piensen, digan o hagan lo demás. Y es aquí cuando conocemos a la auténtica princesa rusa, a la Karenina de del número 7 de la calle Granelle que, a pesar de tu trágico final, conoció una felicidad plena siendo ella misma, sin nada de lo que avergonzarse o arrepentirse. 

«La elegancia del erizo» es una novela reflexiva sobre la soledad en nuestra sociedad, demasiado preocupada en las apariencias para conocer realmente a las personas, aislándolas mediante nuestros prejuicios. Sin embargo, la inevitable atracción de los opuestos permite a dos mujeres muy diferentes, Renée Michel y Paloma Josee, recuperar la esperanza en el ser humano a través de una amistad sincera, aunque incomprendida. Capítulos breves repletos de significado emulando la belleza del cine clásico japonés, diálogos inteligentes y mordaces, un amplio catálogo de personajes que oscilan desde los más humildes en apariencia hasta los más caricaturescos en forma de comportarse y pensar… En definitiva, Muriel Barbery ofrece al lector un libro que, en palabras de la propia Paloma, «tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes». 

LO MEJOR: El personaje de Renée Michel, atractivo por su humildad y sabiduría ignorada. Las descripciones de los habitantes del número 7 de la calle Granelle, especialmente de la familia Josse, con la finalidad de ridiculizar a la burguesía francesa. La introducción del personaje de Kakuro Ozu que equilibra el tono narrativo de las dos protagonistas. 

LO PEOR: Los capítulos del primer diario de Paloma resultan muy complejos para aquellos lectores con un escaso conocimiento sobre filosofía o teología. El personaje de Paloma resulta petulante durante la mayoría de la novela. A pesar del inesperado –y trágico-final, resulta esencial para comprender uno de los mensajes más importantes de la novela. 

Sobre la autora: Muriel Barbery es una escritora francesa nacida el 28 de mayo de 1969 en la ciudad marroquí de Casablanca. Estudió Filosofía en la Escuela de Letras y Ciencias Humanas de Lyon y ejerció la docencia en diferentes centros hasta abandonar su labor como profesora para residir en Kyoto, Japón. Debutó como novelista con Una Golosina (2000), un libro centrado en los recuerdos de un crítico gastronómico a punto de morir que conoció un nuevo título, Rapsodia Gourmet, en una posterior reedición. 

Seis años después logró un gran éxito internacional, principalmente en Europa, con su segundo libro, La Elegancia Del Erizo (2006), reunión de varios personajes en un edificio de París con centro en la relación especial que mantienen una niña a punto del suicidio y una portera.
Romper la armadura de los sentimientos 

Con grandes dosis de ironía y unos personajes tan reales que es imposible no identificarse con ellos, Un corazón de piedra recoge el motivo de Cyrano de Bergerac para darle un giro absolutamente contemporáneo. Una historia sobre amistad, amor y autodescubrimiento tan ácida como deliciosa.

Sinopsis: Él tiene el corazón de piedra. Ella es todo corazón. Pero quizá no sean tan distintos como creen… Jesse pensaba que tenía todo bajo control, hasta que le encomiendan la tarea de robar el corazón de la chica más codiciada del instituto, la dulce Bridget Smalley… para entregárselo a otro. 


Hasta que la muerte nos separe 

¿Qué es una lectura de verano? ¿Qué requisitos ha de tener una novela para ponerle esa etiqueta? ¿La estamos catalogando de “insustancial” solo por destinarla a una época del año relacionada con la evasión y el ocio? Independientemente del género que nos guste, una buena novela de verano debe cumplir tres requisitos nada fáciles de combinar. Debe enganchar, entretener y lograr que el lector se olvide de la rutina que le acompaña el resto del año. 

Este mes en Umbriel publica una novela que cumple las tres de forma espectacular: La primera esposa, de Erica Spindler, con todos los ingredientes de los grandes bestselleres. Emoción, intriga, personajes interesantes, amor… y un trama tan elaborada y sorprendente, que te olvidarás del mundo… 

Sinopsis: Cuando Bailey Brown se despierta desorientada en un hospital, no recuerda nada. Su memoria está en blanco y no reconoce ni siquiera a su marido, Logan Abbott, con quien lleva casada poco más de tres meses, tras un noviazgo fugaz. Una trágica historia familiar de fondo, además de los rumores sobre la desaparición de su primera esposa, y de otras mujeres de la zona, empiezan a hacerle dudar de él… 

Sobre la autora: Erica Spindler ha escrito más de treinta novelas a lo largo de su carrera y sus últimas obras se han publicado en once países. Actualmente vive a las afueras de Nueva Orleans, Luisiana, con su esposo y sus dos hijos. 
Sinopsis: Cazadores urbanos tras las presas más codiciadas. Una extraña torre sin puertas. Ancianas obsesionadas con la belleza perdida. Demonios familiares encerrados en el ático. El corazón de una bruja enterrado bajo un rosal. Noches de bodas negras como crespones... Javier Quevedo Puchal, ganador del Premio Nocte, nos presenta con El manjar inmundo una fascinante antología de relatos de terror gótico inspirados en cuentos de hadas clásicos, desde los hermanos Grimm hasta Andersen o Perrault. Trece asombrosas deconstrucciones de las historias con las que todos hemos crecido. Trece perturbadoras narraciones que reflexionan sobre nuestro lado más oscuro, pero también sobre aquellas debilidades que nos vuelven más humanos. El manjar inmundo es, en definitiva, el banquete perfecto para degustar como un buen vino tinto. A sorbos espaciados. Sin prisas. Igual que aquellos cuentos de nuestra infancia que, a la luz de la lamparilla, leíamos cada noche antes de dormir. 

Crítica: La cándida expresión «vivieron felices y comieron perdices» solo es aplicable a la literatura infantil. Si trasladásemos a la realidad aquellos cuentos de nuestra infancia que creíamos conocer después de tantas noches escuchándolos en boca de nuestros padres, descubriríamos que aquellas historias para irnos a la cama no tenían la intención de inducirnos a un dulce sueño, sino de provocarnos terribles pesadillas. Las fábulas originales se caracterizaban por un estilo gótico repleto de detalles censurables para las sobreprotegidas mentes de los chiquillos de nuestro tiempo, demasiado acostumbrados a las versiones de Charles Perrault que inspiraron la mayoría de clásicos Disney frente a la violencia de los hermanos Grimm. 

«El manjar inmundo» recupera la auténtica esencia de aquellas historias narradas por personajes anónimos que, durante su peregrinaje, amenizaban las noches de los supersticiosos habitantes de pueblos y aldeas a la escasa luz de un fuego casi dormido, mientras sus ojos y mentes permanecían completamente lúcidas, hechizados por las palabras de aquel desconocido. 

Javier Quevedo Puchal se convierte en un moderno cuentacuentos, pero con intenciones más perversas que obtener un techo bajo el que cobijarse, un lecho y un plato de comida caliente a cambio de sus historias para no dormir. Si bien el objetivo de toda historia es entretener al lector y, de forma simultánea, reportarle una importante lección a través de su moraleja final; el autor de esta antología fosca profundiza en los miedos infantiles –y también de los adultos- para ofrecernos trece relatos de belleza obscura y seductora, repletos de violencia, sexo, torturas, deformidades e incluso antropofagia. 

A pesar de que «El dulzaneiro», «Cerillas quemadas» o «Palabras muertas» poseen al principio la inocencia infantil de sus narradores, poco a poco apreciamos el auténtico tono adulto de la historia, la oscuridad latente del relato que, palabra por palabra, nos introduce en un submundo repleto de extrañas criaturas. Los fantasmas clásicos y los monstruos modernos conviven en estos relatos para ofrecernos una nueva perspectiva que, sin embargo, resulta más fiel a la original. 

En varios relatos, la prosa del autor recuerda al romanticismo de Daphne Du Maurier («Los pájaros») si consideramos la importancia otorgada al escenario para dotar a sus cuentos de una atmósfera opresiva y malsana; pero, al mismo tiempo, atractivos y seductores, tal y como se aprecia en «El último sueño de Emilia Tezanos» o «Negra como agua estancanda». Dentro de este grupo también podríamos incluir «Miah» o «En la torre», pero que, al contrario de los anteriormente nombrados, resultan decepcionantes por su rápida conclusión después de la magnífica forma de introducirnos en la historia. 

Por otro lado, «Hijo del miedo» remite a los cuentos góticos de Poe con un ambiente de decadente opulencia que cuestionan la moralidad humana a través de un relato que combina el terror y el drama para descubrirnos el terror más visceral –literalmente- y, al mismo tiempo, el amor más incondicional. 

«El manjar inmundo» es un intenso relato sobre la venganza ejecutada hasta sus últimas consecuencias que nos recuerda a la trilogía de Chan-Wook Park, especialmente por la delicatesen final no apta para estómagos sensibles como aquella mítica escena del pulpo en «Oldboy». Familias disfuncionales, traumas psicológicos, violencia tácita, tortura psicológica, entre otros caracterizan esta historia que nos recuerda la fragilidad del cristal- y de la cordura humana-. 

«Una rosa para Beatrix» representa un tributo a «Freaks» (Tod Browning, 1932), demostrando que los auténticos monstruos son aquellos con una apariencia humana. Criaturas verdaderamente crueles, egoístas y depravadas; mientras que los fenómenos solo intentan sobrevivir en un mundo que no los comprende en su dolor y soledad. Al igual que el director estadounidense, Javier Quevedo Puchal muestra la belleza y, sobre todo, dignidad allí donde la mayoría de nosotros solo seríamos capaces de ver la fealdad del cuerpo a consecuencia del miedo y la ignorancia. Poco a poco, esta deformidad se trasladaba al alma, perdiendo toda su humanidad para acabar siendo un engendro, una anomalía de la naturaleza, una aberración de la creación divina expuesta por unos escasos peniques para una cruel forma de diversión. 

«La novia perfecta» se inspira el Nouvelle Horreur Vague, especialmente por su escena final que nos remite a la polémica «Martyrs» (Pascal Laugier, 2008). La violencia adquiere un significado trascedente, un propósito que trasciende del mero placer de infringir de dolor a la víctima. A fin de comprenderlo tendríamos que retroceder hasta un tiempo primitivo, repleto de supersticiones y ritos ancestrales capaces, criaturas innombrables y culturas aparentemente extintas ante el progreso. Después de todo, no hay amor sin dolor. 

Únicamente «Cáliz de sangre» y «Hambre» decepcionan por sus múltiples paralelismos con la película de Catherine Hardwicke (Caperucita roja ¿A qué tienes miedo?, 2011) y la polémica novela de Alejandro Castroguer («El manantial») de forma respectiva. 

Es posible que la próxima vez que escuchemos la frase «Érase una vez, hace mucho tiempo en un país muy lejano (…)» no sintamos la misma ilusión que cuando éramos pequeños, sino una terrible desazón al contemplar las páginas de libro abiertas, esperando ser leídas para poseernos con sus trece blasfemos cuentos contra todo lo que es bello, puro e inocente. Javier Quevedo Puchal vuelve a demostrar su habilidad como narrador gótico en esta antología sin finales felices y en la que sus personajes no solo comen perdices. ¿Queréis que os lea un cuento? 

LO MEJOR: La recuperación de la esencia gótica de los cuentos tradicionales previa a la revisión de Perrault. La apreciable influencia del romanticismo en los relatos para la creación de los escenarios. La obscura y atrayente belleza de las historias. 

LO PEOR: Algunos relatos dejan un final demasiado abierto, su conclusión resulta precipitada en comparación con la paciente narración anterior. «Cáliz de sangre» y «Hambre» resultan poco originales. 

Sobre el autor: Javier Queve Puchal es autor de la novela El tercer deseo (Odisea editorial, 2008), Todas las maldiciones del mundo (Odisea editorial 2009), Cuerpos descosidos (NGC Ficción!, 2011; Lc Libros 2012) y Lo que sueñan los insectos (Punto en boca, 2013), así como de la antología de nanorrelatos Abonatio (Ediciones Efímeras, 2010). También ha publicado relatos cortos en antologías del calado de Los nuemos mitos de Cthulhu (Edge Entertainment, 2011), Insomnia (Grupo Ajec, 2012) o La ciudad vestida de negro (Drakul Editorial, 2012).

En 2012 se alzó con el premio Nocte a la mejor novela de terror nacional, categoría por la que obtuvo una nominación en los Premios Ignotus. 

Ha impartido cursos de corrección y escritura creativa en el Estudio Sampere, compaginándolos con su labor como traductor y corrector.
Sinopsis: La joven modista Sira Quiroga abandona Madrid en los meses previos al alzamiento, arrastrada por el amor desbocado hacia un hombre a quien apenas conoce. Juntos se instalan en Tánger, una ciudad mundana, exótica y vibrante donde todo lo impensable puede hacerse realidad. Incluso, la traición y el abandono. 

Sola y acuciada por deudas ajenas, Sira se traslada a Tetuán, la capital del Protectorado español en Marruecos. Con argucias inconfesables y ayudada por amistades de reputación dudosa, forja una nueva identidad y logra poner en marcha un selecto atelier en el que atiende a clientas de orígenes remotos y presentes insospechados. 

A partir de entonces, con la contienda española recién terminada y la europea a punto de comenzar, el destino de la protagonista queda ligado a un puñado de personajes históricos entre los que destacan Juan Luis Beigbeder —el enigmático y escasamente conocido ministro de Asuntos Exteriores del primer franquismo—, su amante, la excéntrica Rosalinda Fox, y el agregado naval Alan Hillgarth, jefe de la inteligencia británica en España durante la segunda guerra mundial. Entre todos ellos la empujarán hacia un arriesgado compromiso en el que las telas, las puntadas y los patrones de su oficio se convertirán en la fachada visible de algo mucho más turbio y peligroso. 

Crítica: «Una máquina de escribir reventó mi destino. Fue una Hispano-Olivetti y de ella me separó durante semanas el cristal de un escaparate. Visto desde hoy, desde el parapeto de los años transcurridos, cuesta creer que un simple objeto mecánico pudiera tener el potencial suficiente como para quebrar el rumbo de una vida y dinamitar en cuatro días todos los planes trazados para sostenerla. Así fue, sin embargo, y nada pude hacer para impedirlo» 

A pesar de que la infancia y la mayor parte de su juventud transcurriesen entre las paredes del prestigioso taller de costura de Doña Manuela Godina, no serían las telas, hilos y agujas las que cambiarían su destino, sino Ramiro Arribas. Desde aquel primer encuentro, empezó a escribirse para Sira una nueva vida repleta de promesas incumplidas y un amor incondicional no correspondido por un hombre que consiguió distanciarla de sus humildes sueños, abandonándolo todo para embarcarse en un viaje sin retorno hacia el exotismo de un Marruecos bajo la protección del inestable gobierno español previo a la guerra que acabaría enfrentando hermano contra hermano. Allí Sira deberá enfrentarse a la incertidumbre tras ser abandonada, sin dinero, ilusión o esperanza alguna por el mañana, solo la incertidumbre presente compartida por sus compatriotas en aquella tierra extraña ante las noticias provenientes de la Península. Sin embargo, la joven pronto acabara descubriendo que en sus manos una simple aguja e hilo pueden cambiar la historia de un país –y también la suya-. 

«El tiempo entre costuras» es la primera novela de María Dueñas que se convirtió en un éxito inesperado, tanto de crítica y público, en 2009. La escritora manchega debutó con una historia que combina retales de diferentes géneros literarios como la novela romántica, la histórica o el thriller político y de espionaje para confeccionar una historia que reúne todos los elementos precisos para triunfar como best-seller; igual que las prendas comercializadas por las grandes firmas textiles y que monopolizan el mercado en cada nueva temporada con modelos idénticos en los que solo difiere la etiqueta –o en este caso, el nombre que figura en la portada del libro-. 

Desde las primeras páginas, María Dueñas demuestra su falta de habilidad para hilvanar una prosa medianamente correcta en la que abunda el exceso de adjetivos; las interminables descripciones, tanto de escenarios como de personajes; y la constante variación en el tono de la novela, principalmente de falsa coloquialidad que pretende ser acorde con los humildes orígenes y la inocencia de su protagonista, pero acaba contraponiéndose a las pretensiones de la autora. Este innecesario adorno del conjunto provoca la falta de ritmo, apreciable en las escenas de acción carentes por completo de dinamismo, y la artificialidad de los diálogos entre personajes. 

Es cierto que el contraste entre los diferentes escenarios, sobre todo del Marruecos colonial y el Madrid de la posguerra, representa uno de los mayores atractivos de la novela. La autora manchega recrea las imágenes que caracterizaron aquella época, sabiendo transmitir la inmensa riqueza cultural de Tetúan con su olor a jazmín desprendiendo su perfume al atardecer del desierto, la mezcolanza de especias importadas de tierras que inspiraron «Las mil y una noches» y el sonido de los cánticos recitando versículos del Corán. 

O la capital de la Nueva España construida sobre las ruinas de los vencidos y edificios con heridas recientes, de familias separadas por el conflicto, de niños sin infancia que vagan harapientos y desnutridos por las calles de la nueva clase alta madrileña compuesta por hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de estar en el bando correcto de la guerra, beneficiándose de su desgracia y ahora ignoran las manos anhelantes y miradas de súplica por una mísera limosna. Una ciudad de paradojas, porque donde unos viven en la más extrema de la pobreza, otros dedican sus días –y correspondientes noches- a los elegantes salones de té, las recientemente inauguradas carreras de caballos, las exclusivas fiestas en casinos, así como un largo etcétera de lujo y opulencia siempre bajo la cada vez más omnipresente esvástica. 

María Dueñas sabe recrear el contexto, pero no ocurre igual cuando realiza la presentación de los personajes y su posterior evolución. Si exceptuamos a Sira, quien, al fin y al cabo, es la clásica heroína literaria que pretende transmitir un mensaje feminista sobre la necesidad de que las mujeres sean independientes y dueñas de su propio destino; la mayoría se basan en estereotipos poco originales, e incluso vergonzosos. Por ejemplo, Candelaria es la prejuiciosa imagen de las mujeres andaluzas, de constitución robusta y malhablada que mezcla en su vocabulario expresiones propias de todas las provincias sin distinción, convirtiéndose en uno de los elementos humorísticos de la novela y que se anticipaba al éxito de la comedia «Ocho apellidos vascos». O Felix, cuyas inquietudes artísticas y aspiraciones sociales se relacionan con su ambigua sexualidad, aportando a las escenas en las que aparece un tono de frivolidad propio de la serie «Sexo en Nuevo York»; es decir, glamour para todos los públicos aunque políticamente correcto. 

En el mismo sentido, la recreación de los personajes históricos es superficial, breves puntadas que conforman un patrón lineal que imposibilita empatizar con ellos. Cierto es que apreciamos el sólido proceso de documentación realizado por María Dueñas, pero no consigue trascender de la información disponible en cualquier libro de historia aportándole sentimiento, convertirlo en una realidad todavía presente en vez de un recuerdo pasado como hicieran «La voz dormida» (Dulce Chacón), «Los girasoles ciegos» (Alberto Méndez), «El lápiz del carpintero» (Manuel Rivas), «Las tres bodas de Manuelita» (Almudena Grandes), entre otros muchos títulos ambientados durante los convulsos años de la guerra y el posterior estado de represión y carencia. 

«El tiempo entre costuras» es, en definitiva, una novela superficial y frívola en la que su autora demuestra constantemente su falta de habilidad y experiencia no solo en el manejo del hilo y la aguja, también en el empleo de la prosa más sencilla. El resultado es un patrón literario carente de originalidad, disponible en cualquier escaparate de las librerías a precios incluso de saldo en las rebajas de la creatividad y la experimentación de la industria editorial española que durante los últimos años se ha limitado a la producción en serie de éxitos de temporada. Si posee algunos, aunque escasos, detalles destacables que aportan cierta atractivo al modelo final, no debemos olvidar que la apariencia no lo es todo. 

LO MEJOR: Algunas descripciones y referencias a la moda de aquella época. 

LO PEOR: El resto. 

Sobre la autora: María Dueñas (Puertollano, Ciudad Real, 1964) es doctora en Filología Inglesa y profesora titular en la Universidad de Murcia, actualmente en excedencia. A lo largo de su carrera profesional ha impartido docencia en universidades norteamericanas y participado en múltiples proyectos educativos, culturales y editoriales. En 2009 irrumpe en el mundo de la literatura con El tiempo entre costuras, la novela que se ha convertido en el gran éxito editorial de los últimos años y que ha cautivado por igual a lectores y crítica. Las cifras de venta superan ampliamente el millón de ejemplares. 
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